#62. ESPEJOS.
“Microviolencias cotidianas.”
Hola amigas:
El espejo (y la luz) de Zara delata ese bigotillo que juraste no volver a depilar porque las p* bandas de cera fría te dan granitos y te entristecen el alma.
El retrovisor del coche te grita: “¿en qué momento mis dientes se han vuelto transparentes?” Al mismo tiempo empiezas a entender perfectamente el significado de blanco roto.
Maldito espejo del ascensor que me recuerda las millones de canas escondidas en la cara oculta de mi nuca. Entonces me doy cuenta de que las flores que acabo de comprar combinan bastante bien con la camiseta de rayas que llevo a lo Jean Seberg. Así que termino haciéndome una foto.
No, no seas tan previsora e intentes probarte un bañador en el probador de El Corte Inglés forrado de espejos en pleno marzo. No lo hagas. Ni en mayo.
Vaya pelos de loca esta mañana justo antes de encender el ordenador. Porque la pantalla de mi Mac está tan limpia y es tan reflectante que ya podría estar así el horno por dentro.
El otro día, paseando por el Design District, me quedé embobada mirando el escaparate de Alexander Wang. Cuando me fijé, todo el borde plateado era un espejo. Y ahí estaba yo reflejada como en una atracción de feria, con cuello de jirafa y culo de elefante. Por supuesto, no entré.
Qué curioso que solo seamos amables con nuestro reflejo cuando sentimos que tenemos una excusa. Después de un vuelo largo, por ejemplo. Ocho horas metida en un avión y, aun viéndote destruida en el espejo del aeropuerto, piensas, “bueno, normal”. Pero un martes cualquiera sin motivo aparente… ahí ya no hay compasión.
Hay arrugas que no aparecen en el espejo del baño de tu casa. Esperan. Son inteligentes y silenciosas. Salen únicamente en el espejo del restaurante, justo entre el primer vino y el entrante, y por supuesto, te dan la noche.
Con el espejo de aumento tengo serias dudas. Por un lado ayuda. Por otro… qué me estás contando. Existe una línea muy fina entre cuidarte la piel y terminar investigando tu cara como si fuese una escena del crimen.
El espejo que más me gusta es el de mi colorete. Está siempre sucio, es pequeñísimo y no veo absolutamente nada.
Y luego están los espejos del gimnasio. Para mí son un drama colectivo. Todo el mundo intentando sobrevivir mientras finge que no se está mirando ni comparando con nadie. En cambio, los espejos del baño de una discoteca funcionan mejor que cien terapias. Ahí una desconocida puede decirte “estás increíble” y tú no poder estar más de acuerdo.
Y cómo es el último momento frente al espejo con tu divina barriga de embarazada… y el primero sin ella. Y el segundo. Y el tercero. Y el cuarto. Ese espejo, eh. Ese espejo ya no te vuelve a mirar igual.
A partir de ahí cualquier foto que te hagan, sea posada o improvisada saldrá de tu boca un “borra eso”.
¿Y qué es una foto si no otro espejo?
Nos hacemos una y en el momento la odiamos. Pasan unos días y pensamos, “bueno… quizás no estaba tannnn mal”. Cuando veo fotos de hace siete años me veo estupenda. Pero recuerdo perfectamente que también las odiaba. Nora Ephron decía que nunca volveríamos a estar tan bien como en este preciso instante. Y sinceramente… creo que tenía razón.
No sé si nos miramos demasiado o demasiado mal. Lo que sí sé es que siempre tardamos años en darnos cuenta de que estábamos bastante mejor de lo que pensábamos. Quizás la clave esté en descansar un poco de nuestra propia imagen.




Lo del horno por dentro. Eso si es un drama y no nuestro jeto 🤦🏻♀️
Me ha encantado. Totalmente representada en cada uno de los comentarios. Y qué horrible es probarse bañadores!